La cura del hipo

―Uh, me agarró otra vez.
Natalia lo dijo lo suficientemente bajo para que sólo la oyera Hernán, aunque de todas formas nadie le hubiera prestado atención: en la mesa, los familiares discutían y reían a los gritos.
Hernán frunció el ceño:
―¿Otra vez? Aguantá la respiración.
Ella ya lo había estado intentando: hacía casi un mes que sistemáticamente le agarraba hipo, y cada vez se volvía más molesto. El médico no sabía las causas, mucho menos la solución.
Natalia se puso a charlar con Nancy, pero las frases se le cortaban con cada hipo.
―Como dice la abuela ―le dijo Nancy mientras le servía―, tenés que tomar siete tragos de agua. Eso sí: sin respirar.
Ella tomó sin respirar los siete tragos de agua, y…
¡Hic!
Un rato después, el hipo de Natalia y sus posibles curas eran los temas centrales de la mesa. Probó mordiendo una rodaja de limón, tragándose una cucharada de azúcar, haciendo la vertical, respirando en una bolsa de papel. En un momento Nati se distrajo, y Hernán quiso asustarla apretándole el antebrazo, pero apenas consiguió provocar una carcajada general y causarle una punzada que se le extendió hasta el codo; más tarde ella lamentaría esos moretones que resaltaban violetas no muy lejos de aquellos otros, ya amarillentos.
¡Hic!


―Qué mol… esto ―dijo, mientras volvían en el coche―. Me estoy desesperando.
―En cualquier momento se termina ―le dijo Hernán, cortante―. Ya vas a ver.
Y algo en el tono premonitorio de esas palabras la inquietó. En cualquier momento se termina.
¿Estaría pensando en abandonarla? Eso la asustaría de verdad: para ella, Hernán era todo. ¿Su hipo era tan insoportable como para que él tomara una decisión tan extrema?


Cuando se fueron a acostar, ella trató de minimizar los respingos del hipo: no quería que Hernán se despertara. No quería que él la culpase de nuevo, esta vez por no poder descansar como se merecía.


¡Hic!


¡Hic!


¡Hic! ―hizo por enésima vez Natalia, y sintió un movimiento brusco a su lado, y Hernán prendió el velador.
―No te dejo dorm… ir, mi amor ―dijo ella―. Perdonam...
Pero Hernán se le subió encima y le rodeó el cuello con las dos manos… y apretó.
Ella intentó sonreír: creyó que él la estaba asustando otra vez, si es que no se trataba de un juego erótico. Pero la presión en el cuello se acrecentaba, el dolor se acrecentaba. No podía respirar.
Se agarró de los brazos de él, hizo fuerza, pateó. Le brotaron lágrimas. Intentó empujarlo, pero él apretaba más y más. Pensó en Nancy y en sus otras amigas, cuando la interrogaban preocupadas por cómo Hernán la trataba en público.
Ya sin aire, con la cara cada vez más hinchada y caliente, lo vio en sus ojos: esta vez sí iba a asesinarla. La expresión desencajada. Los dientes apretados, saliva cayéndole. Un gruñido brotándole de la garganta.
La iba a matar en serio.
A Natalia se le estaba nublando la vista…
…y él la soltó y salió de encima de ella.
Natalia tomó grandes bocanadas de aire, y cuando pudo recuperarse un poco se sentó con la espalda contra la cabecera. Rodeó sus piernas con los protectores brazos.
Y miró a su marido.
Acostado en su lado de la cama, él le sonreía ―esa sonrisa hermosa que la había cautivado cuando se conocieron―. Ya no tenía aquella mirada de loco.
Hernán apagó la luz y se dio vuelta dándole la espalda. Minutos después, dormía profundamente.
Ella se quedó ahí. Ahí sentada, acariciándose el cuello dolorido. Recuperando el aliento.
Y pensando. Pensando mucho.
No importa lo que crean todas esas envidiosas, se dijo. Su marido era el mejor del mundo y tenía la solución para todo, inclusive para el hipo: vivir en un estado de terror permanente.
Besó a Hernán y se durmió abrazada a él.


Despojo

No sé muy bien cuánto llevo en esta cama conectado a este suero. No siento las piernas ni los brazos. Sí noto un dolor punzante en los hombros y en los muslos. Y ―¿acaso me han atado?― no puedo moverme.
Y lo peor: no recuerdo absolutamente nada.
¿Por qué estoy acá?
Hay otros dos pacientes: unos viejos panzones en musculosa, a quienes también los han conectado a los frascos de suero. Hablan, y sus voces me llegan oscuras, como si me hubieran taponado los oídos. Por lo que oigo, hablan del trabajo, del pasado, de tiempos mejores. Parece que trabajaron en una misma empresa o institución, relacionada ―intuyo― con la seguridad. También intuyo que no se conocen de afuera.
Las enfermeras entran, nos toman la temperatura, nos toman la presión, nos cambian el suero. Las mucamas nos cambian las sábanas. Para cambiar las mías me hunden a babor y después a estribor sin demasiado esfuerzo: no debo estar atado entonces.
Y debo pesar muy poco.
Entran más empleados. Traen bandejas con comida. Se las dejan a los viejos, a mí no me dejan nada. Tengo un poco de hambre, pienso en quejarme; pero me quedo callado, no sé si puedo hablar. Y prefiero no saberlo.
Los médicos nos miran desde la puerta, con la actitud de jueces que discuten el futuro de los condenados a muerte. Mis dos compañeros son liberados de sus correas de goma, y al rato se levantan. Hay señoras y chicos ―acaso sus mujeres y sus hijos― que los ayudan a vestirse.
Vienen otros dos pacientes, un poco más jóvenes que los viejos. Los acompañan sus preocupadas madres o sus solteronas tías. Los médicos los miran desde la puerta. A mí también. Pero susurran y se van, no me dicen nada.
Nadie me dice nada.
A lo mejor ellos no son mis médicos. Acaso el que me corresponde no vino, o está de vacaciones. ¿Y si mi historia clínica se perdió, y nadie sabe de mi existencia en este hospital?
La luz de la ventana, detrás de mí, ilumina el cuarto. Lo sé por los reflejos y las sombras que se proyectan en la pared: los reflejos rotan, y después oscurece. Oigo zumbidos, y quiero creer que se trata de grillos. Se repite la danza de enfermeras, mucamas, médicos. Se repite el coro de sueros, sábanas, susurros. Y el olor a hospital. Siempre.
Nadie vino a visitarme.
Ni mamá. Ni Celeste. Ni ninguno de mis amigos. ¿Nadie sabe que estoy en este estado? ¿O es que hubo un accidente, y ellos terminaron peor que yo?
Si fuera así, debería estar en terapia intensiva, y no en esta sala húmeda y descascarada. Salvo que todo sea por mi culpa, la cosecha de algún acto deleznable. Un hecho tan espantoso que merezca esta deriva y este abandono, incluso en mi peor momento.
¿Soy capaz de cometer algo así?
Intento recordar. Creo que lloro por el esfuerzo, pero no podría asegurarlo: siento la cara hinchada y caliente, aunque al mismo tiempo insensible.
No me acuerdo de nada.
Y me quedo dormido, o me desmayo. Lo sé porque recién era de noche, y ahora es de día.
Y me cambian las sábanas, y me cambian el suero. Y, al girarme las enfermeras, logro ver la puerta otra vez.
Y ahí está Celeste. Sí vino a verme, a cuidarme, a asegurarse de que me están tratando bien. Logro hacer foco. Quiero sonreírle, hablarle, agradecerle. Pero las ganas se me van: su boca..., su labio superior tiembla de ira. Y, al mirarme, sus ojos no pueden ―ni quieren― ocultar su desdén. Me odia.
Celeste me odia, es evidente. Y eso es algo que no puedo soportar. Aunque no recuerdo nada, quiero suplicarle perdón. Pero ella se da vuelta y se va. Sin mirar atrás, sin dudarlo.
Intento moverme, intento pegar un grito. Vuelven los ardores en los hombros y en los muslos y la entrepierna: dolores fantasmales que me recorren la piel, seguramente quemada. Alrededor de la vista me aparecen diminutos relámpagos que se van cerrando hacia el centro, dejando en su lugar tan sólo negrura. Y no puedo respirar.
Con el último resquicio de vista, me veo rodeado de médicos que intentan revivirme. Después, sólo los oigo.
Me revisan, me sostienen, me meten un tubo en la garganta. Gritan, dan órdenes. Siento una sacudida que me quema el pecho, y después otra más fuerte.
Las voces se me van apagando. Se apagan.
No se den por vencidos. Sálvenme. ¡Sálvenme!
Necesito saber…

"Despojo", leído terroríficamente por Marcelo Di Marco

El compañero nuevo

1
Daniel
―el del turno noche―

Sonriendo me lo dijo el jefe, como si fuera una gran noticia:
―A partir de ahora, Daniel, usted no va a estar más solo: va a tener un compañero. La reglamentación establece que haya dos personas por guardia, incluso en el turno noche, ¿sabe?
Después me palmeó la espalda, como alentándome a que me pusiera contento.
―Bueno, señor ―respondí―. Si la reglamentación lo dice...
No creo que haya notado mi cara de orto: siguió sonriendo como si nada. Se paró en la entrada del archivo, las manos en la cintura. Sonreía como si estuviera disfrutando de un atardecer en el Caribe, rodeado de colombianas en bikini. Pero no: en mi hábitat no se amontonaban colombianas en bikini, sino viejas estanterías oxidadas, desbordantes de papeles sucios y carcomidos. Ondeaban las telarañas, correteaban las ratas, y mi humilde rincón apestaba a moho y a encierro.
El jefe hizo una mueca aprobatoria al aire, y se fue sin saludar. No llegué a preguntarle quién iba a ser mi nuevo compañero, pero era irrelevante quién fuera: el turno noche era para estar solo. Uno lo aprovechaba para leer, jugar con el celular, escuchar música fuerte. Cada tanto caía algún desubicado a interrumpir con solicitudes, pero había muy poco trabajo. Compartir mis noches con alguien más que las ratas me cagaba la vida.
Empecé a acomodar mis cosas en el escritorio de la guardia mientras los de la tarde ya se iban. Algunos me saludaban, otros preferían ignorarme. Les debía de resultar extraño que a un tipo le gustase trabajar solo de noche en una oscura mazmorra que todos conocían como archivo.
―Daniel, ¿cómo andás? ―me dijo el Chicho―. ¿Así que te pusieron un compañero, un tipo del otro turno?
El Chicho fue quien me enseñó a trabajar, me mostró los recovecos del archivo. Un cincuentón macanudo. Si me hubieran dejado elegir a un compañero, lo elegía a él. Igual, como preferir, preferiría seguir solo. Obvio.
―Ni idea de quién es, Chichito. Supongo que estará por llegar.
―Ah, así que no sabés quién es. ―Se puso serio―. Le dicen Coco. Varano es el apellido.
―¿El Coco Varano? Me jodés. ¿No tiene nombre de persona?
―Qué sé yo, Dani. Él siempre se presenta así, y nunca da explicaciones al respecto. ―Sacudí la cabeza: el tal Coco Varano ahora me caía peor―. Es un tipo rarito, pone nerviosos a todos. Por eso lo deben haber mandado a la noche.
―¿Me estás diciendo rarito? ―dije, jodiéndolo.
El Chicho se rio:
―Sí, Dani, por eso te vas a llevar bien. ―Noté que sonreía como un chico a punto de cometer una travesura―. Y la próxima vez que nos veamos, me contás si mi teoría es cierta.
―¿Qué teoría?
―Creo que es un reptiliano.
―¿Eh?
―Nada, una boludez. Me regalaron un libro que habla sobre eso. Es muy gracioso, porque los que creen en semejantes carajadas lo piensan en serio.
Se descolgó la mochila, la abrió, buscó algo. Sacó un libro de tapa negra decorada con unos círculos y una lagartija. No: un camaleón.
―¿La conjura de los reptilianos? ―dije mirando el título.
―Te lo dejo, Dani. ―Se colgó otra vez la mochila―. Vos tenés más tiempo. Cuando lo termines, contame.
Y se fue. Guardé el libro, no lo necesitaba: yo ya tenía mi noche bien armadita. Y para colmo en cualquier momento aparecería el Coco Varano.
Ojalá que no hable hasta por los codos, me dije. Es que no me gusta que me rompan las pelotas con boludeces. Y la gente… Cómo le gusta romper las pelotas con boludeces a la gente.
Pensé en hacer mi clásica recorrida por el archivo, pero preferí esperar a mi compañero nuevo, así se iba acostumbrando. Nos íbamos acostumbrando. Pero todavía no había llegado, y ya me estaba alterando la rutina.
Estaba a punto de mandarlo a cagar y de hacer el recorrido como lo hacía siempre, justo cuando un tipo de traje negro y anteojos oscuros apareció en la guardia. Aparentaba unos veinticinco años. No era ninguno de los que me traían solicitudes urgentes, así que debía de ser el nuevo.
―Hola ―dijo con altanería―. Usted es Daniel. ―No lo preguntó: lo afirmó―. Yo soy el Coco Varano.
Puse mi cara menos inamistosa y me presenté. Sin que me pregunte nada, le conté que yo vivía solo en un monoambiente alquilado, que no pensaba casarme jamás y que me gustaba trabajar de noche. “Y solo” estuve por agregar, pero cerré el culo a tiempo. El estúpido ni siquiera asentía, no interpretaba mis declaraciones como una invitación a que me cuente algo de él. Simplemente, se quedaba callado.
Me cansé: sólo pude sacarle con tirabuzón que vivía cerca de algún arroyo. Gran dato, pelotudo.
―Todas las noches ―dije cambiando de tema, para no putearlo―, lo primero que hacemos es recorrer el archivo.
―Ajá.
―Si los de la tarde dejaron algo desacomodado, algún papel fuera de lugar, o no barrieron, lo asiento en el libro este que ves acá. Los mando bien al frente de una. Así los de la mañana no me pueden achacar nada a mí. Que se haga cargo el que se manda el moco.
―Ajá.
¿Ajá? ¿Eso es todo lo que tenés para decir? Pelotudísimo.
Agarré la linterna y entramos en el archivo.
―Te preguntarás por qué hay tan poca luz, ¿no? ―Y lo miré, expectante. Él me devolvió la mirada―. Los de Mantenimiento son unos pajeros, siempre dicen que van a venir a cambiarlas, y nunca vienen.
Ya adentro, alumbré el techo.
―¿Ves? ―dije―. Hay que revisar las goteras, sobre todo cuando llueve. Si cae agua, le metemos un balde y seguimos.
―Ajá.
No había ninguna gotera ahora, pero dudo de que me hubiera hecho caso: seguramente habría mirado cómo yo ponía el balde.
Seguimos la recorrida hacia la parte más vieja.
―Acá está lleno de telarañas ―dije―. Lo bueno es que en el verano se comen los mosquitos. Es todo un ecosist...
Una rata nos pasó corriendo por entre las piernas. Noté que el Coco Varano se ponía tenso.
―No pasa nada ―dije―: nos tienen más miedo ellas a nosotros que nosotros a ellas.
El tipo me miró fijo, y por primera vez noté en él un atisbo de expresión: se mojó los labios, tragó saliva y mostró los dientes como queriendo sonreír.
―Ajá.
Terminamos la recorrida y volvimos a la guardia. Yo ya me lamentaba de tener que pasar todas las noches junto a semejante idiota. Ajá, y la puta que te parió.
Encima de todo, fue una noche laboralmente aburridísima: vinieron pocas veces a romper las pelotas. Cerca de la medianoche, el Coco Varano me dijo que se iba a recorrer el archivo. Yo sabía que era al pedo; pero por fin mostraba algo de voluntad, así que no lo retuve. De paso aproveché para quedarme un rato solo, sin ese infumable.
Por suerte tardó en volver, y después se sentó a leer un libro que sacó de un bolsillo del saco. El libro era de tapas duras, forrado en papel araña amarillo.
Ya llevaba un rato leyendo. Lo miré de reojo un par de veces: el Coco Varano seguía su lectura con el dedo, como si las oraciones fueran a desalinearse si no las marcaba una a una.
Llegó la mañana, y nos fuimos cada uno para nuestras casas.


Dormí hasta bien entrada la tarde. Al revisar mi bolso, encontré el libro que me había dado el Chicho: La conjura de los reptilianos. Sonriendo, me puse a hojearlo.
El autor, Frank Hatem, afirmaba desde las primeras páginas que el mundo está dominado por una raza superior: los reptilianos. Secretamente, estos reptilianos controlan los gobiernos más importantes del mundo. La mayoría de los actores y cantantes más populares son todos reptilianos: Rihanna, Ricky Martin, las Kardashian y posiblemente Brad Pitt, aunque este último no está confirmado. También se sabe de algunos deportistas: Usain Bolt, Michael Phelps, Dennis Rodman, entre otros. No hay pruebas de todo esto: los mismos reptilianos que controlan el mundo ―Obama, Putin, el Papa Francisco― se encargan de ocultarlas.
Estos especímenes se mezclan entre la gente, pasan inadvertidos: tienen la habilidad de cambiar de forma. Son metamorfos.
―Reptilianos metamorfos ―dije, con una sonrisa.
Cuando llegué al capítulo 4, ya no sonreía. El libro detallaba las características de los reptilianos, y yo me asustaba cada vez más:
Suelen responder sólo lo que les interesa, o nada en absoluto.
No quieren que sus conocidos se conozcan entre sí, para poder valerse de su don de metamorfosis y mostrarse distintos con unos y con otros.
- Carecen de emociones: son robóticos y fríos.
- Son crueles, y sólo quieren salirse con la suya: son capaces de perpetrar cualquier crimen con tal de llegar a la cima.
- No les gusta el sol, y prefieren habitaciones frías y oscuras.
- Se consideran superiores a los humanos. Muy superiores.
Me leí medio libro. Y quería seguir leyendo, pero había llegado la hora de irme al trabajo. Podría haberme llevado el libro, pero no quería que el Coco Varano lo viera. ¿De verdad pensaba que él…? No, era una locura.


La guardia de esa noche no fue muy diferente de la primera. Sólo que esta vez me dediqué a observar disimuladamente a mi compañero. No es que buscara en él características reptilianas: aparecían. Y aparecían solas, como obviedades escalofriantes: el Coco Varano llenaba el formulario completo.
Ya en casa, ya en la cama, no podía dormirme. Después de devorarme el libro, me convencí: debía cuidarme de mi compañero.
En las guardias siguientes, el Coco y yo fuimos encontrando nuestra rutina: nos hablábamos poco y nos ignorábamos mucho. Él, porque a todas luces se consideraba superior; yo, simplemente porque le tenía miedo. Obvio que intentaba no demostrárselo: siempre me comporté de lo más amistoso.
En algún momento de la noche, él se iba a recorrer el archivo. Y cada recorrida duraba más. Al volver estaba sudado y oloroso. Cualquiera creería que el tipo entrenaba o corría por el archivo, pero el hedor es una característica más de los de su raza: cuando comen carne, exudan un olor nauseabundo. Y además yo notaba que, poco a poco, la población de ratas disminuía. Dos más dos son cuatro.
Una tarde llegué un poco más temprano y me crucé con el Chicho. Le conté que había leído el libro y que me había gustado mucho. Se rio y me dijo:
―Quedateló, pibe. Es pura fantasía para conspiranoicos.
Eso es justo lo que los reptilianos quieren que creamos, pensé.
No me iba a poner a discutir, tenía una idea mejor: probarle al mundo la existencia de estos seres malignos. Si desenmascaraba al Coco Varano, la humanidad se ocuparía del resto.
Desde esa misma noche, me mostré más amistoso con él. Quería hacerle creer que empezaba a caerme simpático; debía ganarme su amistad, me gustase o no. Le hacía chistes, le pedía consejos; y a pesar de que sus respuestas me resultaban irrelevantes, le mentía que él era un gran tipo y un buen amigo. Así pasamos meses de cordial hipocresía.
Después arranqué con la segunda etapa: convencerlo de que viniera a casa a tomar algo, a charlar. Él se negaba sin meter excusas. Yo seguía insistiendo, pero no lograba ningún avance.
Llegó mi cumpleaños: la excusa perfecta. Esa noche me mantuve distante, fingí sentirme muy triste. Él no preguntó, pero igual yo le conté que no tenía con quien festejarlo.
―Vos sos mi único amigo, Coquito ―dije―. Vení un rato a casa, después del turno.
Mi actuación debe de haber sido brillante: su cara indicaba tedio, pero igual asintió. Los reptilianos son maestros en esto de mezclarse entre la gente: por más que no sientan empatía, negarse ante requerimientos tan tristes como el mío podría dejarlos al descubierto.
A la mañana nos fuimos a mi casa. Yo había dejado todo listo: las tazas de té para el desayuno, y la torta ―con velas plateadas― recubierta de chocolate y rellena de dulce de Clonazepam con finas hebras de Rivotril.
Brindamos por la amistad, y a los pocos segundos el Coco ―Coquito, para los amigos― cayó desplomado de cara a la mesa.
Le até las manos, lo amordacé y le encadené una pierna a la estufa. Sólo debía esperar a que se transformara.


2
Doña Celia
―la del 4°B―

No tengo ningún problema en declarar, oficial. Pero lo que yo vi y oí no concuerda con lo que ustedes dicen.
Todos los días, a eso de las siete de la mañana, yo oía la puerta del ascensor: era mi vecino Daniel, que volvía de trabajar. Pero esta semana hubo un cambio: Daniel no llegó solo. Me asomé por la mirilla y vi que lo acompañaba un muchacho joven como él. Joven y buenmozo.
Primero pensé que era un amigo del trabajo. Cuando oí los primeros golpes, supuse que Daniel era medio rarito, y que estaban… Bueno, usted sabe: haciendo... eso. Ya sabe que la juventud de hoy tiene la cabeza quemada con las cuarenta sombras del gay. Igual, lo que vino después se me hace confuso, no le encuentro explicación. Nunca lo hubiera pensado de Daniel.
¿Qué? Ah sí, que me circunscriba a los hechos.
A media mañana, salí a hacer las compras. Pasaba delante del departamento de Daniel, y no pude contenerme: retrocedí sobre mis pasos y pegué la oreja a la puerta. Me pareció que estaba ordenando, o algo así: movía muebles, qué sé yo. Recién a la tarde fue que volví a pensar en algo sexual ―disculpe si me pongo colorada; pero, a mi edad, imagínese―. Oí ruidos fuertes, y a alguien que gritaba como si le hubieran tapado la boca. Daniel le pedía que se callase. Ahora que lo pienso, no era un pedido cariñoso. Pero yo prefiero no meterme, vio.
Desde mi balcón puedo ver un poco de su ventana, así que me asomé: Daniel iba y venía, hablaba con alguien más bajo o que estaba sentado. Yo no llegaba a entender la conversación, pero se lo veía enojadísimo.
Cuando salió para el trabajo, me asomé al pasillo y lo saludé; de curiosa nomás, para ver qué me decía. Él es bastante hosco, pero esta vez lo noté más tenso que nunca.
―Hola ―le dije.
―Hola, Celia.
―¿Todo bien, querido?
Mirándome fijo como si quisiera ojearme, se me fue acercando despacio.
―¿Por qué lo dice?
―No, nada. ―Me dio miedo―. Preguntaba nomás.
―Ajá. ―Ya estaba abriendo la puerta del ascensor―. ¿Usted bien?
―Sí, Daniel, sí. Que tengas un buen día.
Esperé hasta que el ascensor llegó a planta baja. Ya sola, me puse a escuchar detrás de su puerta. Golpeé, pero nadie respondió. Estaba muy segura de que el muchacho joven se había quedado con él todo el día: no lo había visto salir.
Estuve muy atenta durante el resto de la noche; me quedé levantada, ya sabe, para vigilar. Nunca se prendió la luz: seguro que el muchacho se había quedado durmiendo. Seguro.
Cuando Daniel volvió a la mañana, abrió la puerta de su casa y escuché bien clarito lo que dijo:
―¿Seguís disfrazado?
Y ahí me puse más estricta con la vigilancia. Algo raro estaba pasando, oficial. Y lo que vino después no concuerda con lo que ustedes andan comentando por los pasillos.
Sí, disculpe, continúo: hice guardia en el palier. Por suerte, Daniel no se avivó. Si no, no sé lo que me hubiera hecho. Apoyé la oreja contra la puerta:
―En el trabajo preguntaron por vos ―le decía Daniel al otro, la voz se escuchaba lejos: creo que estaban en el baño―. Y les dije que no tenía ni idea.
No hubo respuesta, o al menos yo no la llegué a oír. Después de un rato volví a escuchar a Daniel:
―Abramos la ventana, que te entre un poco el sol… ―Silencio―. No te gusta el sol, ¿no? Mejor.
Yo no sabía qué hacer. Daniel siempre fue muy correcto, por eso no lo denuncié: si me equivocaba, iba a quedar como una vieja chismosa, y nada más lejos de mí.
―¿Por qué sos tan pasivo? ―dijo al rato―. Intentá defenderte, mostrate tal cual sos.
A la tarde me volví a mi casa. Tenía miedo de que, al salir para el trabajo, Daniel me descubriera.
Cuando se fue, otra vez traté de escuchar y volví a golpear y toqué timbre. Nadie contestó. Hasta dudé de si me estaba volviendo chiflada.
El día siguiente fue parecido: Daniel le gritaba más fuerte, cada vez lo denigraba más. Insistía con eso de:
―Enojate, mostrate como sos. ―Y volvió a repetirle que en el trabajo estaban preocupados.
¿Que por qué no lo denuncié? Ya le dije que yo no soy ninguna chismosa, oficial. Y además, no estaba segura.
Recién al quinto día pasó algo diferente.
―Tenía que matarte de sed, nomás ―dijo Daniel―. Tu piel se empieza a escamar, por fin.
Ahí fue lo de las cadenas y los golpes, y hasta me llegó un gruñido. Y mientras tanto Daniel se reía a carcajadas como un loco.
―Tus pupilas están cambiando ―dijo cuando se calmó―. ¡Era hora, por fin! ¿Eso que te está rompiendo el pantalón es lo que yo creo que es?
Realmente me parecía todo muy raro, demasiado raro para ser cierto. Hasta pensé que Daniel estaba practicando para salir en alguna novela. No sé, oficial, yo pensé cualquier cosa.
Sí, sí, estoy llegando a lo que pasó esa noche. Qué impaciente este hombre.
Yo me había metido en mi casa para que Daniel no me viera, pero no se fue a trabajar. Con cuidado, volví a salir. Oí que abría la ducha. Por el tono de voz, lo noté contento.
―Cuando devele al mundo esta verdad ―decía―, ¡me voy a llenar de guita! Pero te necesito vivo, o no me van a creer.
Volvió a reírse como un loco, pero la risa se le cortó de repente. Después, un grito. Y ruidos de golpes, corridas, cosas rompiéndose. Y otro alarido.
Y ahí fue que corrí a mi casa y los llamé a ustedes.
Por eso, oficial, es que no me cierra su versión. Simplemente, no puede ser.


3
Subcomisario Esteban Collucci
―el de la 10ma―

El llamado fue de una vecina desesperada. Todos los días recibimos llamados de vecinas desesperadas: esas viejas locas tienen mucho tiempo al pedo y mucha imaginación. Lo mandé al cabo Ramírez: debía calmar a la chismosa esa, asegurarse de que no fuera nada, y volver. Rutina.
Cuando Ramírez me llamó desde el lugar de los hechos, la voz le temblaba; lo que contó parecía producto de su imaginación. Hice las llamadas correspondientes, y yo mismo me apersoné: debía comprobarlo con mis propios ojos.
No pude llegar más que hasta la puerta. Los forenses se estaban ocupando: todo era sangre, carne, tripas, y hasta me pareció ver un pie todavía calzado.
―Jefe ―me dijo Ramírez, que temblaba―, ahí se están por llevar al culpable. Estaba tranquilo, acurrucado en la bañera. Por las dudas, igual lo doparon.
―¡Hagan lugar! ―gritó un tipo con cara de extra de película, disfrazado de safari por el África, con sombrero y todo―. ¡Cuidado!
Cuatro tipos con ese mismo atuendo sacaron por la puerta a alguien medio envuelto en una sábana húmeda. Me acerqué un poco para ver mejor: no era alguien, era algo. Un algo grande, de piel oscura y escamosa. Garras tenía, y una cola larga que le colgaba hasta el piso.
―¿Qué carajo es eso?
Los tipos siguieron camino sin responderme. Ramírez sacó el celular y me mostró una foto:
―Se la mandé a mi compadre, es veterinario. Me dijo que es un Dragón de Komodo.
―¿El tipo tenía un dinosaurio como mascota? ¿A quién se le ocurre, Ramírez?
―Esa es una teoría. ―Ramírez se llevó la mano a la pera y alzó una ceja―. Pero para mí que se dedicaba al tráfico de animales: encontraron muchos somníferos. Seguro que lo tenía redopado al pobre bicho, y encadenado a la bañera con agua. ―Con gesto teatral, señaló hacia las manchas de sangre del piso―. Se ve que lo fue a alimentar, el animal se soltó y lo corrió al tipo por todo el departamento. Cuando lo enganchó… ―Ramírez hizo el clásico gesto de rebanarse el cuello―. Y después volvió tranquilito a meterse en la bañera.
―Puede ser, Ramírez. Puede ser. ―La teoría parecía acertada, pero yo no quería que ese cabo se creyera Columbo. Señalando las escaleras, pregunté―: ¿Te dijeron estos de Zoonosis adónde van a llevar al bicho?
La cara de Ramírez fue respuesta suficiente, igual agregó:
―No, señor. Pensé que usted sabía.
Bajé corriendo. Por el hueco de la escalera di la voz de alto: no me dieron pelota, aunque estoy seguro de que podían oírme.
Llegué a planta baja. Los tipos se estaban subiendo a un Mercedes negro, sin patente y con los vidrios polarizados.
La puerta del edificio se me cerró en la cara. Agotado de correr por las escaleras, golpeé el vidrio para advertirles de mi presencia. Uno de ellos ―el que parecía a cargo― me miró sonriendo y se sacó el ridículo sombrero, en señal de saludo. La luz del sol le dio de lleno en la cara. Aunque estaba lejos, podría jurar que las pupilas amarillentas se le estrecharon hasta formar dos finas líneas verticales.
Y sé que no puede ser, pero… Cuando pestañeó, juro por Dios que vi un tercer párpado.


Reina


Primero fue uno cada tanto, recuerda la gitana.
La radio decía que en la capital era mucho peor, pero no había que temer.
Semanas más tarde, les habían puesto nombre: recomendaban no acercarse a los “infectados”.
Después, la radio fue sólo ruido y estática.
Las horribles criaturas ya venían en populosas y desordenadas oleadas cada vez más seguidas.
El pueblo de la gitana quedó aislado, rodeado por esos cardúmenes de almas en pena que se mueven sin sentido. Sin sentido hasta que un ruido o una luz o un olor fuerte los despierta de su letargo. Entonces, entrechocándose, se acercan por instinto hacia el alimento. Son torpes, no tienen un líder.
La gitana ha estado estudiándolos. No tiene nada mejor que hacer: la posibilidad de salvarse ya ha quedado descartada hace meses.
Desde la ventana del primer piso, vigila. Le duele la cabeza de oír esas miles de voces que se acercan y se alejan, siempre en su interior.
Unas calles más allá, asoma el techo del gran almacén. Con gesto preocupado, dos hombres y sus escopetas caminan por la enorme terraza.
A pesar de la distancia y de que sus ojos ya no enfocan tan bien como antes, la gitana logra identificar a Adrián. Él debería ser el primero en intentar rescatarla, en evitar que muera sola: tras el entierro de su padre, Adrián había venido llorando desconsolado a golpear a su puerta; le rogó que lo comunicara con el viejo, que le permitiera despedirse. Y ella, a pesar de que no se sentía en condiciones, había accedido. Y el contacto se produjo, y fue de los más vívidos que la gitana recuerde.
El otro de los guardias del techo, el que lleva al hombro el rifle más largo, es Aurelio. Él también debería preocuparse por ayudarla: cuando quedó viudo, la gitana lo había comunicado con su mujer durante una sesión extensísima. Terminó exhausta en esa ocasión, incluso pasó varios días en reposo.
Pero no, ahora ninguno de los dos se digna siquiera a alzar la vista hacia su ventana. Sólo les preocupa lo que hay abajo, en los callejones: esos sonámbulos eternos arrastrando los pies y estirando los brazos, gruñendo y lanzando dentelladas al aire.
Salvo la gitana, todos los sobrevivientes se ocultan en el almacén. El intendente, ese viejo ladino, había aprovechado una tregua ―las hordas vienen y van―, y dispuso que todo el pueblo se refugiara ahí. Las puertas del almacén son más seguras, y en el depósito cuentan con provisiones. Lo habían ordenado por altoparlante, desde una camioneta de la misma intendencia:
¡Al almacén! ―repetía una y otra vez la voz―. ¡Todo el mundo al almacén! ¡En cinco minutos cerraremos las puertas!
Y todos al instante obedecieron, aun la gitana: la idea tenía sentido. Lo recordaba perfectamente: guardando algunas cosas en el morral, había visto por la ventana cómo las hordas se acercaban atraídas por la estridente voz del altoparlante. La gitana luchó contra la artritis, contra el dolor de cintura, contra esa rodilla que cada vez le dolía más. Había bajado las escaleras, había abierto la puerta. Y, lentamente, como pudo, trató de llegar al almacén. Caminando, trastabillando, levantaba la vista: sus vecinos ―gente que conocía desde siempre― la esquivaban y seguían corriendo hacia la salvación. Y las criaturas se acercaban más rápido de lo que ella podía caminar.
No le sorprendió que Coca no la ayudase ―esa altanera nariz parada siempre la había tratado de fabuladora. “La bruja hechicera” la llamaba la muy bruta―. Pero sí le dolió que Elena, la hija de Coca, le pasara corriendo por al lado, y a pesar de reconocerla ni se molestase en ayudarla. Una vez, a escondidas de su madre, Elena le había pedido a la gitana que la comunicase con su novio muerto. Tras aquella sesión, Elena quiso dejarle un fajo de billetes. Pero ella no aceptó, nunca aceptaba dinero.
Elena giró y siguió corriendo, sin importarle que gracias a su ayuda había podido despedirse de su amor. Mientras la gitana la veía alejarse, un golpe en el hombro la derribó. Pensó que los podridos habían llegado hasta ella, que la devorarían. Desde el suelo, alzó la cabeza y vio a don Gregorio, el dueño de la curtiembre, tirado en el piso. Mientras él se recuperaba del tropezón, la miraba ―la miraba igual que a un inesperado y molesto escollo―. Sin siquiera un gesto de disculpa, el viejo se dio vuelta y siguió corriendo. Gordo maldito, había llorado como una nena cuando ella lo contactó con su hijo, devorado por el cáncer un año atrás.
La gitana se había levantado como mejor pudo. Vio las dos cuadras que la separaban del almacén, vio las hordas que se acercaban desde el otro lado, y supo que no lo lograría. Sin perder un segundo, rengueando, volvió a su casa. Cerró con llave y cayó rendida en el palier. Por debajo de la puerta veía las sombras de esas cosas, y oía sus pasos arrastrados. Y los olía, olía su podredumbre. En ese momento empezaron los susurros, las voces interiores. Todavía jadeando, la gitana descorrió un poco la cortina: vio a Elsa, a Dora, al viejo Mikhail; uno a uno eran alcanzados por la horda de muertos vivientes. La desesperación los había llevado a seguir adelante. Y a morir en el intento.
Comprendió que el plan del intendente había sido tan brillante como cruel: usar de carnada a los viejos y a los inútiles. Eso les dio tiempo, a los verdaderamente ágiles, para llegar hasta el almacén y salvarse de una muerte horrible.
Ahora que ella lleva tanto tiempo encerrada y sola, duda de si la de ellos no fue la mejor decisión.
Oscurece. La gitana corre las cortinas, apaga la mayoría de las velas y se queda sólo con una. Si se mueve sigilosamente, los podridos no notan que ella se oculta ahí. Lleva tres meses soportando, ya los conoce.
En el almacén deben actuar parecido, piensa. Si no llaman la atención, esas cosas no intentarán romper las puertas, que aunque resistentes cederán tarde o temprano.
La gitana va hasta la alacena y abre la última lata, una de arvejas. Viene racionando, pero el hambre la ha vuelto débil. Y sabe que la muerte la ronda, lo sabe mejor que nadie: ha estado charlando con la muerte durante toda su vida. Ella no lo buscó, es un don.
Mientras prueba un bocado del manjar, otra vez oye los susurros.
Cada vez los oye más seguido, y cada vez más fuerte. A veces piensa que gorjean su nombre. Las voces no la asustan: las conoce, son como las de las sesiones. Son las almas del otro lado que intentan comunicarse con las de este lado. Pero, esta vez, de este lado no hay nadie más que ella. Esta vez las voces son para ella, anunciándole que pronto llegará su hora. Debe de ser eso. ¿Qué si no?
Ahora la gitana no raciona. Está harta de la soledad, de los dolores, del hambre. De que sus vecinos no la vengan a ayudar. De que los podridos rodeen su casa. Así que lo mejor será hacerle caso a las voces, y dejarse morir.
Al menos no morirá sola. Al recordar cómo los vivos la usaron sin piedad, esos seres podridos y olorosos no le parecen tan mala compañía.
Se pone el viejo saquito marrón de lana, se envuelve en la bufanda con flecos, y sin ningún apuro baja las escaleras.
Los susurros se intensifican: la muerte está cerca. La gitana se frena para recuperar el aliento.
―Dejame llegar hasta la calle ―ruega, alzando la cabeza―, sólo eso te pido.
Acelera el paso, y se aceleran los susurros. Llega hasta la puerta, gira la llave y sale. Los muertos, que merodeaban sin rumbo, la descubren: se acercan torpes, amenazantes. La gitana no huye. En el medio de la calle se planta frente al destino: cierra los ojos y espera la primera dentellada.
Las voces en su cabeza son ensordecedoras. Y los pasos y los gruñidos y el hedor se intensifican. La gitana se sabe rodeada. Se tensa: aprieta los párpados y los labios y los puños, y…
…y no la atacan.
Abre los ojos. Cabezas grises y descompuestas. Ojos podridos la miran, la miran fijo. Y las voces ―los susurros― se transforman en gritos que no la dejan pensar.
Entonces, ella hace lo que había estado evitando desde el principio: escucha, identifica cada voz.
Y todo cobra sentido.
Aquellas voces no le estaban anunciando su propia muerte. La llamaban pidiendo ayuda.
Los nombres de los que la rodean se le aparecen con una nitidez escalofriante. También sus pasados, sus frustraciones. Y la forma en que murieron.
La gitana escucha todo. Y por fin puede comprender los deseos de aquellos monstruos que la cercan, ahora inmóviles.
Acalla las voces y mira alrededor: ya no ve monstruos inexpresivos y sanguinarios. Ahora ve a unos pobres seres que, al igual que ella, necesitan comer.
Camina con su andar de anciana, y ellos le abren paso. No van a atacarla. Sólo esperan que ella los ayude a encontrar lo que buscan.
Y ella los ayudará.
Por primera vez en su vida, la Reina Gitana decide entrar en el almacén.
Con sus súbditos.